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Él era perfecto... Pero no se enamoro de mi.

hace 11 minutos
9 min de lectura

Hombres guapos gay

¿Qué haces cuando alguien deja un hueco tan grande que parece imposible encontrar a alguien que pueda llenarlo? Porque sí, Julián era arrogante, orgulloso y muchas veces difícil de entender… pero la verdad es que yo lo amaba.

 

Me llamo Fernando, tenía veintitantos años. Había tenido una que otra novia, ya saben, de esas de manita sudada. Pero la verdad, no me llamaba mucho la atención tener una relación; estaba más enfocado en mis estudios y en un trabajo que tenía para salir adelante. Sin embargo, durante meses viví algo que todavía no sé cómo nombrar del todo.

 

Vivía en el cuartito del fondo del patio, el que me dejaron para tener mi propio espacio, lejos del ruido de la casa principal. Julián era la pareja de mi Hermana desde hacía meses, un hombre grande, de esos que juegan fútbol los domingos con la playera empapada de sudor y llegan a la casa como si el mundo entero les debiera algo. Nunca imaginé que terminaría enamorándome de él en silencio.

 

Julián tenía unos cuarenta y tantos años no era de los que pedían permiso para nada. Entraba y salía de la casa a la hora que se le daba la gana, sin avisar, sin explicaciones, y cuando alguien le reclamaba, contestaba con esa media sonrisa que a mí me desarmaba por completo: "Así soy yo, lo tomas o lo dejas". Esa frase, con el tiempo, se me quedó grabada como si fuera una especie de sentencia sobre lo que nos esperaba a los dos.

 

Los domingos, cuando jugaba fútbol con sus amigos en la cancha del barrio, toda la casa se organizaba alrededor de eso: su esposa le guardaba comida, le lavaba el uniforme y esperaba a que llegara para contarle cómo le había ido. Julián llegaba siempre igual, sudado, con la playera pegada al cuerpo, hablando fuerte de las jugadas del partido, ocupando cada espacio de la casa como si fuera un territorio que le pertenecía por derecho propio.

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A mí, esa forma suya de moverse por el mundo sin pedir permiso, sin dudar nunca de su lugar en cualquier sitio donde estuviera, me generaba una fascinación que no supe nombrar hasta mucho después. Venía de una casa donde todos pedían perdón por todo, y de repente aparecía este hombre que jamás se disculpaba por nada, y una parte de mí, sin saberlo todavía, empezó a admirarlo por eso mismo.

 

Me acuerdo de una tarde en que regresó de un partido, meses antes de que pasara todo, en la que Julián vino a arreglar algo en mi cuarto: una lámpara que llevaba semanas fundida. Se quitó la playera de fútbol, todavía sudada, y la dejó tirada en mi cama sin pedirme permiso, como si mi cuarto también le perteneciera un poco. Yo lo miraba desde la puerta, sin decir nada, sintiendo que algo en mí ya se había rendido antes de siquiera entenderlo.

 

Después de que terminó de arreglar la bombilla, se retiró y olvidó su playera en mi cuarto… No sé qué pasó por mi mente; solo sé que la tomé en mis manos y aspiré su perfume. En ese instante, un extraño calor recorrió mi cuerpo, algo que nunca había sentido antes.

 

Y así fue como empezó, de a poco, casi sin que lo notáramos, aunque a su manera, que era la única manera que Julián conocía: sin preguntar, sin pedir permiso. Se acercaba al cuartito del fondo cuando quería, se sentaba en mi cama como si fuera suya, prendía la televisión sin preguntarme si me molestaba, y yo, que llevaba semanas fingiendo que no me importaba su cercanía, jamás le dije que no a nada.

 

—Oye, Fer, muévete, que quiero ver el partido aquí; allá adentro está pesado el ambiente —me dijo una noche, entrando sin tocar, con esa seguridad que no dejaba lugar a discusión.

 

—Pásale, no hay bronca —le contesté, aunque por dentro el corazón se me aceleraba de una forma que no debía, tratándose de él.

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Nos quedamos esa noche viendo el partido y, aunque él hablaba más del juego que de nosotros, sentí que había algo real ahí, algo que no tenía nada que ver con pedir permiso ni con explicar sentimientos. Julián no era de los que hablaban de lo que sentían. Era de los que actuaban y esperaban que uno se acomodara a su ritmo, sin quejas.

 

—¿Puedo preguntarte algo raro? —me dijo esa noche, ya tarde, sin quitar la vista de la pantalla.

 

—Dale —le contesté, sin saber muy bien hacia dónde iba esa pregunta.

 

—A ti te gusto, ¿verdad? Llevo semanas notándolo. Lo digo porque he visto cómo me miras y cómo buscas estar cerca de mí. Y la neta, a mí también me importas, pero no soy de andar con rodeos, así que dime de una vez qué quieres hacer con esto —me dijo, mirándome fijo, sin suavidad en la voz, como quien pregunta algo de lo que ya conoce la respuesta.

 

—Sí, me gustas —le contesté, sorprendido de mi propia valentía, sintiendo que decirlo en voz alta hacía que todo fuera más real y, al mismo tiempo, más complicado.

 

—Entonces ya sabes cómo soy yo, Fer. No voy a andar dando explicaciones de cada cosa que hago, ni horarios, ni promesas bonitas. Si aceptas lo que hay, adelante. Si no, mejor lo dejamos aquí —me dijo, con una frialdad que debía haberme asustado y que, en cambio, me hizo querer entenderlo más.

 

—Es que no sé cómo actuar, nunca he estado en una situación así, pero quiero intentarlo —le respondí, sin medir del todo lo que esas palabras iban a significar en los meses siguientes.

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Y fue así como esa noche sentí que algo dentro de mí había cambiado. Fue una experiencia intensa, algo que todavía recuerdo con una mezcla de emoción y confusión. Julián parecía saber exactamente qué hacer y yo sentía que, de alguna manera, todo encajaba. Lo que comenzó aquella noche se convirtió en algo que yo cuidaba con una entrega casi absoluta, aunque Julián nunca pareció cuidar las cosas de la misma forma.

 

Cruzaba el patio de noche cuando se le antojaba y, a veces, se perdía dos o tres días sin ningún mensaje, para después aparecer como si nada, tocando mi puerta con la misma seguridad de siempre, esperando que yo estuviera ahí, disponible, sin reclamos.

 

—¿Dónde andabas? —le pregunté una vez, después de casi cuatro días sin verlo, sin poder aguantarme la pregunta.

 

—Por ahí, Fer. No te voy a estar rindiendo cuentas de cada cosa que hago —me contestó, sin mirarme mucho, quitándose los tenis como si la conversación ya hubiera terminado antes de empezar.

 

—Al menos un mensaje, algo, no sé, para no quedarme aquí como idiota esperando —le dije, con una mezcla de rabia y miedo a que esa rabia lo alejara para siempre.

 

—Yo soy así, ya te lo dije desde el principio. Si esperabas otra cosa, lo siento, pero no te voy a cambiar —me contestó—. Pero si no te late, pues ahí la dejamos; cada quien por su lado.


 

Lo dijo mientras se ponía los tenis. Yo lo abracé y le dije:

 

—No, no te enojes. Disculpa, tienes razón. Quédate.

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Él sonrió y, por un momento, volvió esa sensación de felicidad que yo tanto buscaba, aunque seguía con la incertidumbre de no saber cuándo regresaría.

 

Y desde ese día, cada vez que reaparecía, con esa actitud de quien no le debe explicaciones a nadie, yo sentía que la espera había valido la pena. Su indiferencia, de alguna forma retorcida, parecía la prueba de que valía la pena quererlo.

 

Aprendí a acomodarme a su ritmo, a no reclamar demasiado, a agradecer cada noche que decidía cruzar el patio para buscarme.

 

Me acuerdo de las noches en que me quedaba despierto hasta tarde, con la luz apagada pero los ojos bien abiertos, tratando de distinguir entre los sonidos normales de la casa y los pasos que podían ser los suyos. Desarrollé una especie de sexto sentido para reconocer su forma de caminar en la oscuridad, el peso distinto de sus pisadas comparado con las de cualquier otra persona que cruzara el patio.

 

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Mis amigos me preguntaban por qué andaba tan distraído, tan pendiente del teléfono, y yo inventaba excusas, incapaz de explicarles que estaba enamorado de alguien que se rehusaba, por principio, a hacerme sentir seguro de nada. Había algo casi vergonzoso en admitir que prefería esa inestabilidad a cualquier relación tranquila que pudiera haber tenido con alguien más.

 

Hubo una noche que casi nos descubren, y todavía hoy se me acelera el pulso de recordarla. Ella había llegado temprano de un viaje que se suponía duraba hasta el día siguiente, y entró al patio justo cuando Julián salía de mi cuarto, ya con la playera puesta, pero con el pelo despeinado de una forma que no era normal a esa hora.

 

—¿Qué haces aquí tan tarde, Julián? —le preguntó ella, con una sospecha apenas disimulada en la voz, mirándonos a los dos alternadamente.

 

—Vine a ver si Fer tenía cargador, el mío se descompuso —contestó él, con una calma que a mí, escondido detrás de la puerta entreabierta, me pareció sobrehumana, mientras yo sentía que el corazón se me iba a salir del pecho de puro miedo.

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Mi ella se quedó mirándolo un segundo más de lo normal, pero terminó aceptando la excusa, entrando a la casa sin más preguntas. Esa noche, cuando por fin se fue, no pude dormir, repasando una y otra vez lo cerca que habíamos estado de que todo se derrumbara ahí mismo, en ese patio, frente a ella.

 

Recuerdo haberme quedado sentado en el piso de mi cuarto, con la espalda contra la puerta, como si mi propio cuerpo pudiera servir de barrera contra cualquier cosa que pudiera venir después. Sentí, por primera vez desde que todo había empezado, el peso real de lo que estábamos arriesgando, no solo la relación de mi ella, sino la posibilidad de que todo mi mundo se viniera abajo por una sola sospecha bien encaminada.

 

—¿No te asustó lo de hoy? —le pregunté a Julián al día siguiente, todavía con el susto metido en el cuerpo.

 

—Un poco, la neta, pero no es como para dejar de hacer las cosas que uno quiere hacer —me contestó, encogiéndose de hombros, como si el riesgo de que todo explotara no significara nada comparado con lo que él quería en ese momento.

 

Esa manera suya de no dejarse tocar por el miedo, de seguir haciendo lo que se le antojaba sin importarle demasiado el peligro, era exactamente lo que más me atraía y lo que más me asustaba de él. Yo vivía pendiente de cada ruido, de cada sombra, mientras Julián parecía flotar por encima de todo eso, seguro de que nada lo iba a tocar.

 

Las semanas siguieron así, entre encuentros que él decidía cuándo y cómo, y silencios largos que yo aprendí a llenar con la esperanza de que volviera pronto. Nunca hablamos de futuro, ni de lo que éramos exactamente. Julián no era de esas conversaciones, y yo, con tal de tenerlo cerca, dejé de pedirlas.

 

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Empecé a notar, sin embargo, que sus ausencias se hacían más largas, más frecuentes, y que cuando volvía, algo en su actitud ya no era la misma urgencia de antes. Ya no discutía si le reclamaba; simplemente se iba, dejándome con la sensación de que estaba perdiendo algo que nunca terminé de tener del todo.

 

La verdad salió a la luz un martes cualquiera, de la forma más humillante posible: una vecina se presentó con pruebas de que Julián mantenía otra relación, una mujer de la misma cuadra, desde hacía meses. La confrontación fue devastadora, no solo para su esposa, que se enteró ahí mismo de la traición que llevaba tiempo sin sospechar, sino para mí, que entendí que también había sido engañado, aunque de una forma que nadie más en esa casa podía imaginar.

 

Me quedé escuchando los gritos desde mi cuarto, sin poder salir, sin poder decir nada, sintiendo que la casa entera se derrumbaba en dos frentes distintos al mismo tiempo: el de ella, visible y ruidoso, y el mío, silencioso, invisible, pero igual de real. Nadie iba a preguntarme cómo estaba yo esa tarde, porque nadie sabía que también tenía algo que llorar, algo que nunca podría explicar sin destruir todo lo demás.

 

Julián se fue esa misma tarde, recogiendo sus cosas con la misma calma con la que hacía todo, sin mirar hacia el fondo del patio ni una sola vez. No hubo despedida para mí, ni una palabra, ni un gesto que reconociera lo que habíamos compartido. Para él, entendí entonces, yo había sido otra cosa que él tomaba cuando quería y dejaba cuando ya no le convenía, exactamente como me lo había advertido desde la primera noche.

 

Pasaron los años y Julián nunca volvió. Se fue aquella tarde sin una despedida, sin una última palabra, dejando un gran vacío que tardé mucho tiempo en aprender a aceptar y en encontrar alguien que pudiera llenarlo aunque no del todo… Pues lo que Julián tenia era grande como su ego y personalidad.

 

Durante meses pensé que me escribiría, que tal vez algún día llegaría un mensaje explicando lo que pasó, pero nunca ocurrió. No volví a saber nada de él.

 

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Algunas noches soñaba que regresaba, que cruzaba nuevamente el patio y que todo volvía a ser como antes. Me despertaba con esa extraña mezcla de tristeza y nostalgia, recordando aquellos momentos que, aunque me hicieron daño, también fueron importantes para mí.

 

Con el tiempo entendí que una persona puede lastimarte y aun así haber significado mucho. La verdad es que, a pesar de todo, yo lo amé. Amé la versión de él que conocí, la que me hizo sentir algo que nunca había sentido.

 

A veces imaginaba qué habría pasado si le hubiera escrito, si hubiera buscado una última conversación. Y sé que, aunque me hubiera dolido, probablemente lo habría perdonado.

 

Porque hay personas que dejan una huella profunda, incluso cuando se van sin decir adiós.

 

 


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