top of page

Ya no puedo engañarme más… sí, soy bí… 😏🔥💍👀

hace 4 días
9 min de lectura


Hombres guapos gay

Llevo 24 años viviendo una vida que no es completamente mía… y nadie en mi familia lo sabe.

 

Aunque esa palabra todavía me cuesta trabajo decirla en voz alta, porque durante muchos años la guardé en un lugar donde no molestara a nadie, ni a mí mismo… hoy ya no puedo engañarme más… sí, soy bí…

 

Me llamo Roberto, tengo 42 años y desde los 25 vivo con Sandra. Tenemos dos hijas. Eso es todo lo que necesitan saber de ese lado de mi vida para entender lo que les voy a contar.

 

Desde que tengo memoria me han gustado tanto las mujeres como los hombres. No en proporciones desiguales que uno pudiera manejar, sino en cantidades exactamente iguales que siempre me resultaron imposibles de ignorar, aunque lo intentara con todas mis fuerzas. Me enamoré de Sandra, construí una familia y metí la otra mitad de lo que soy en un cajón que fui sellando con los años.

 

Durante mucho tiempo funcionó. Luego la intimidad en casa se fue apagando poco a poco, de esa manera lenta que uno tarda en reconocer porque no hay un momento exacto donde todo cambia, sino muchos momentos pequeños que se van acumulando hasta que un día te das cuenta de que llevas meses cargando algo que no tiene dónde ir. Yo lo guardé todo el tiempo que pude. Hasta que ya no pude más.

Historias Gay

 

Ernesto llegó a mi vida cuando yo tenía 37 años y él 23. Lo conocí en una reunión de amigos en común, uno de esos encuentros que uno no planea y que terminan siendo los que más cambian las cosas. Era delgado, con esa energía de los veintitantos años que uno a los treinta y tantos ya no tiene pero que reconoce y que le llama la atención precisamente por eso.

 

La primera noche que hablamos estuvimos tres horas en un rincón de esa reunión, solos entre toda la gente. Ernesto era de esos que escuchan de verdad, que te miran cuando hablas y que hacen preguntas que dicen que estuvieron prestando atención. Cuando nos despedimos me pidió mi número y yo se lo di sin pensarlo mucho.

 

Me llamó al día siguiente.

 

Desde el principio le dije dos cosas que para mí no eran negociables. Primera: yo no iba a dejar a mi familia. Segunda: lo nuestro iba a ser discreto o no iba a ser. Ernesto lo escuchó, se quedó callado un momento, y dijo que lo entendía. Que con eso era suficiente para él.

 

Yo le creí. Y durante un tiempo fue verdad.

 

Lo que Ernesto y yo tuvimos durante seis años fue real de una manera que me cuesta trabajo admitir incluso ahora. No era solo lo físico, aunque había una cercanía que con el tiempo se volvió importante para mí. Era también la manera en que nos hablábamos, la confianza que se construye entre dos personas que se ven durante años y que aprenden a conocerse de verdad. Ernesto sabía cuándo yo llegaba cargado sin que tuviera que decirlo. Sabía cuándo necesitaba hablar y cuándo necesitaba silencio. Eso no se improvisa.

 

Con Ernesto yo era el que llevaba las riendas, eso estaba establecido desde el principio. Nos veíamos los miércoles casi sin falta y algún sábado cuando yo podía. Seis años de miércoles son muchos miércoles. Son suficientes para que dos personas sepan exactamente cómo funciona el otro, qué lo hace reír, qué lo pone triste, qué cara pone cuando está nervioso, aunque diga que está bien y como le gusta el plátano y los huevos.

 

Ernesto nunca me pidió más de lo que yo podía dar. Nunca un reclamo, nunca una escena, nunca una exigencia de más. Y eso, paradójicamente, era lo que más me pesaba. Porque cuando alguien te quiere así, en silencio y sin condiciones, la deuda que uno siente es más difícil de cargar que cualquier pelea. Él merecía más que los miércoles de alguien que nunca podría darle todo.

 

Sandra descubrió todo por un descuido mío. Revisó mi teléfono, leyó los mensajes, y esa noche cuando llegué a la recámara me esperaba con una pregunta que no tenía respuesta buena. Le dije la verdad: seis años, era un hombre, no iba a pasar nada más porque lo iba a terminar. Hubo un tiempo muy difícil en casa que no voy a detallar porque esa parte no es el centro de esta historia. Lo que importa es lo que pasó con Ernesto.

Historias Gay

 

Tuve que llamarle para decirle que todo había terminado.

 

Fue la llamada más difícil que he tenido en mi vida. No porque Ernesto se pusiera difícil, sino exactamente, por lo contrario. Me escuchó en silencio mientras yo le explicaba lo que había pasado. Cuando terminé de hablar hubo una pausa larga y luego me dijo, con una voz que yo no le había escuchado nunca, que lo entendía, que siempre supo que este momento podía llegar, que no iba a complicarme la vida.

 

— ¿Estás bien? — le pregunté, porque era lo único que se me ocurrió…

— Voy a estar bien — dijo —. Necesito tiempo, pero voy a estar bien…

— Ernesto, lo siento… Hubo una pausa.

 

— Ya lo sé — respondió. Y en esas tres palabras había algo que me dolió más que cualquier reclamo que hubiera podido hacerme. No había enojo. Había resignación, que es peor.

 

Colgué. Me fui al baño, abrí la llave del agua para que no se escuchara nada, y estuve ahí parado un rato que no sé cuánto duró. Pensé en los seis años. En todos los miércoles. En la manera en que Ernesto siempre llegaba puntual, siempre con algo que contarme, siempre con esa energía suya que yo absorbía sin darle nada equivalente a cambio. Él merecía a alguien que pudiera estar completo. Yo nunca fui eso para él aunque lo intentara.

 

Ernesto me había dado seis años de su vida con la única condición de que yo estuviera presente en ellos. Y yo le estaba devolviendo una llamada de cinco minutos.

 

Eso no se olvida fácil. Tres años después todavía no se me olvida. Ernesto se merecía más de lo que yo pude darle, y esa es una verdad que cargo todos los días.

 

Pasó casi un año antes de que volviera a buscar algo fuera de casa. Un año de decirme que había aprendido la lección, que el precio era demasiado alto, que ya era suficiente. Me lo creí un tiempo. Luego el cuerpo siguió con su propia contabilidad y la cabeza fue perdiendo el argumento.

 

Conocí a Dante en el metro, un jueves en la tarde. Tenía 26 años, complexión delgada, cara tranquila. Viajamos en el mismo vagón durante cuatro estaciones intercambiando miradas que los dos fingíamos que eran casuales. Cuando llegué a mi estación me acerqué, le puse la mano levemente en el brazo para que se quitara un audífono, y le pedí su número en voz baja.

 

Historias Gay

A los cuarenta y tantos años uno ya no tiene tiempo para rodeos…

Dante me miró un segundo. Sonrió. Me dio su número.

 

Desde el principio decidí no mencionar el coche. Dante trabaja en una tienda de ropa, vive con un roomie, y la diferencia económica entre nosotros era evidente. Si llegaba con coche desde el primer día no iba a saber nunca si le gustaba yo o lo que represento. Así que tomé el metro, caminé, y llegué como cualquier persona normal sin nada que demostrar.

 

La primera vez que nos vimos fue en un parque, de noche. Llevábamos como una hora hablando en una banca cuando la conversación dejó de ser conversación y se convirtió en otra cosa. Fue en la zona más tranquila del parque, rápido, nervioso, con esa torpeza de los primeros encuentros que de alguna manera los hace más reales que los que vienen después. Cuando terminamos caminamos juntos hasta la avenida y Dante me preguntó si quería volver a vernos… Le dije que sí sin dudarlo.

 

La segunda vez fuimos al cine y luego a un hotel. No hablamos mucho de lo que iba a pasar; simplemente dejamos que la noche siguiera su curso.

 

Y ahí pasó algo que no esperaba. Dante me preguntó, con una naturalidad que me desarmó completamente, si alguna vez había estado en el otro rol. Le dije que no, que siempre había sido activo, que con Ernesto así había sido durante seis años. Dante me miró un momento, sin apuro, y dijo que si quería intentarlo, que él sería cuidadoso, que si en algún momento no quería seguir solo tenía que decirlo.

 

No sé qué fue exactamente. La atracción que sentía por él, tan diferente a todo lo anterior. La manera en que lo propuso, sin presionar, dándome el control de la decisión. Todo junto. Le dije que bueno.

 

Fue la primera vez en cuarenta y tantos años que dejé que la dinámica fuera diferente, sin intentar controlarlo todo. Lo que sentí en ese momento no lo sé describir con exactitud porque no tengo punto de comparación. Sí sé que Dante cumplió exactamente lo que prometió. Fue cuidadoso, preguntó dos veces si estaba bien, redujo el ritmo cuando mi expresión decía que lo necesitaba sin que yo tuviera que decirlo con palabras. Y en algún momento yo cerré los ojos y dejé de pensar en todo lo demás, que para alguien con mi cabeza siempre acelerada es algo que genuinamente no pasa seguido.

 

Cuando terminamos nos quedamos en silencio un rato. Dante tenía la mano en mi pecho y yo miraba el techo de ese cuarto pensando que a esta edad todavía me podían sorprender cosas de mí mismo.

 

— ¿Estás bien? — me preguntó…  — Muy bien — dije. Y era completamente verdad.

Historias Gay

 

Sonrió. No la sonrisa de quien está satisfecho consigo mismo sino la de alguien genuinamente contento de que el otro esté bien. Hay una diferencia enorme entre las dos y yo la noté de inmediato. Se recostó a mi lado, sin prisa, sin revisar el teléfono ni buscar la ropa. Y estuvimos así un rato largo, en silencio, simplemente presentes.

 

Eso también era diferente. Con Ernesto los silencios eran cómodos porque llevábamos años. Con Dante era diferente, era el silencio de dos personas que todavía se están descubriendo y que deciden que ese descubrimiento puede esperar un momento mientras simplemente están.

 

Al mes de conocernos, caminando en un parque ecológico entre árboles, Dante me preguntó si quería ser su novio. Así, de frente, con esa honestidad directa que tiene y que es una de las cosas que más me atrae de él… Le dije que sí.

 

Y en el momento en que lo dije sentí dos cosas simultáneas: algo que se encendió adentro, genuinamente, sin que pudiera controlarlo, y algo que se apretó, porque decirle que sí significaba seguir con la mentira de que era un hombre libre con una exesposa y dos hijas de una relación pasada. Dante no sabe que Sandra y yo seguimos bajo el mismo techo. No sabe nada de la vida real que hay detrás de los martes y los jueves en que nos vemos.

 

Dante me manda buenos días todos los días. Me llama para preguntarme qué comí, si dormí bien, cómo estuvo el día. Cuando nos vemos me mira de una manera que hacía mucho tiempo nadie me miraba, con esa atención completa de alguien que genuinamente quiere estar en el lugar donde está. Una vez me dijo que conmigo se sentía seguro, que yo era de esas personas que dan calma. Lo dijo así, sin drama, como si fuera obvio. Yo le sonreí y no le dije que esa calma que él percibe en mí es en parte el peso de todo lo que cargo y que él no ve.

 

Y yo le correspondo con la mitad de lo que soy, porque la otra mitad no puedo dársela todavía sin primero resolver cosas que no sé cómo resolver.

Historias Gay

 

Sé lo que debería hacer. Mis hijas ya tienen edad suficiente para entender que los adultos también se equivocan y también merecen rehacer sus vidas. Una separación ya es viable. Lo pienso con frecuencia, especialmente cuando estoy con Dante y siento lo que siento y me pregunto si esto podría ser algo real si le diera la oportunidad de serlo.

 

Pero 24 años no son solo una cifra. Son una historia larga con momentos que no desaparecen porque uno decida que ya terminaron. Y Dante tiene 26 años y llevamos dos meses. Dejar una vida construida durante décadas por algo que todavía no sé si va a resistir el peso de lo cotidiano me parece una decisión que mi parte racional no puede aprobar todavía.

 

Así que sigo aquí. Buscando esa razón grande, contundente, que me diga que ya es tiempo de tomar una decisión definitiva. Que todavía no encuentro, o que quizás no quiero encontrar, porque mientras no la tenga no tengo que elegir entre dos vidas que, de alguna manera, aunque no debería, siguen siendo las dos mías.

 

Esta mañana Dante me mandó un mensaje que decía: *Ya sé que estás ocupado, pero te extraño.

 

Lo leí tres veces. Esperé media hora antes de responder porque no sabía qué decirle que no fuera otra capa más encima de todo lo que ya cargo. Luego le escribí que yo también lo extrañaba, que nos veíamos el martes.

 

No era mentira. Eso sí era completamente verdad.

Porque cuando estoy con él, todo lo demás desaparece de una forma que no me pasa con nadie más. Hay algo en esa cercanía, en la manera en que se da el momento, que me desarma por completo. Es como si por fin dejara de pensar tanto y simplemente pudiera estar ahí, sin máscaras, sin control, sin la necesidad constante de sostener todo lo que normalmente cargo.

 

Y después de eso, cuando vuelvo a la realidad, me doy cuenta de lo difícil que es explicar algo así con palabras. Porque no es solo lo que pasa, es lo que me hace sentir, lo que despierta en mí, lo que no había sentido de esa forma en mucho tiempo.

Historias Gay

 

Y que algo que empezó como una salida para un hombre con el cajón demasiado lleno se haya convertido en algo que no sé cómo soltar, eso es lo que más me complica todo.

 

Porque con Ernesto yo sabía exactamente lo que había. Con Dante ya no estoy tan seguro de nada. Y no saber es lo más peligroso que existe cuando uno lleva 24 años con la vida perfectamente organizada.

 

 


💬 ¿Qué te pareció esta historia de amor? Déjanos tu comentario y no olvides suscribirte a nuestro canal.

 


🌈 ¿Quieres más? Aquí encontrarás mi contenido más premium y exclusivo en video. ❤️‍🔥



Hombres guapos 1

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Ayúdame a seguir creando 
Copia de Copia de Érase (1000 x 1000 px) (1).png

​Porque el príncipe azul no siempre llega a caballo…

Un nuevo relato cada semana.

¡Gracias por tu mensaje! 

Porque el príncipe azul no siempre llega a caballo…

¿Tienes una historia que quieras compartir?
Contáctanos y el primer  príncipe azul estará encantado de responderte.

¡Gracias por tu mensaje!

© 2026 Historias Gay

  • Youtube
  • TikTok
  • Facebook
  • Instagram
  • Spotify
bottom of page