El hombre de mi vida 🖤
❤️🩹 Todos tuvimos un primer amor… esa persona que nos hacía temblar con una mirada, sonreír sin motivo y soñar despiertos con un futuro que todavía no conocíamos. Éramos tan inocentes que no sabíamos que aquellos pequeños momentos se quedarían para siempre guardados en algún rincón de nuestro corazón.
Yo vivía como a 3 kilómetros de ahí, así que pensé. Me la echo corriendo y en 10 llego. Empecé a caminar algo rápido.
Cuando llevaba un par de cuadras, escuché una voz detrás de mí. —Hey, vato. Vato, te estoy hablando.
Me dio miedo y seguí caminando más rápido. —¡Eh, que te esperes, chingaos! Entonces volteé. Era un chavo más o menos de mi edad, quizá uno o dos años más grande.
—¿Me regalas fuego? Me dijo. Sentí como el cuerpo se me tensó al instante. La cabeza se me llenó de pensamientos feos.
Pensé que me iba a asaltar. Debía hacer una cara rara, porque se rió. —¡Manches, fresita! Dijo.
—No te voy a asaltar. —No tengo fuego, alcancé a decir. —No fumo.
—Mmm, ta madre. —¿Y pa' dónde vas? Preguntó. —Si sabes que si te vas por ese camino a esta hora, ya no sales.
Me quedé helado. —Es que la combi ya no pasa, le dije. Y yo vivo en el pueblo, como a 3 kilómetros.
—Ah, pues vato, es tu día de suerte. Sonrió. —Si me invitas un cigarro, te acompaño.
—Ya te dije que no fumo. —Bueno, güey. Dijo.
Yo también vivo por allá. Si quieres caminamos juntos y si no, tú por tu lado. —Lo sé.
Tal vez a todos nos ha pasado que conocemos a alguien que, sin saber por qué, te inspira confianza. Acepté pensando que, si me hubiera querido asaltar, ya lo habría hecho. En el camino nos fuimos conociendo.
Se llamaba Ángel y trabajaba en una bloquera. Eso explicaba su físico. Yo le conté que estudiaba en la universidad.
Esa confianza rara empezó a crecer. Pasamos por donde había varias bolitas de chavos malandros. Pensé que nos iban a asaltar, pero solo los saludaban a él, con silbidos, señas y esas cosas raras.
Llegamos al pueblo y, cuando faltaban unas cinco cuadras, me dijo. —¿Y mañana estudias? —No, güey, es sábado. Respondí.
—Ah, bueno. Dices que vives por ahí, ¿no? Señaló. —¿Te quedan como cinco cuadras? —Sí, le dije.
—Gracias, güey. Avancé, pero mientras me alejaba sentí un nudo en la garganta. Las calles estaban muy oscuras.
—Ten cuidado —me gritó—, que por donde vives se aparece una bruja y se chupa a los feos como tú, lo dijo riéndose. Mi miedo creció todavía más. —Oye, güey —le dije regresándome—, mañana te invito dos cigarros y un refresco, pero haz paro.
—¿A quién tengo que desaparecer, ja, ja, ja? —dijo en broma. —No, nada de eso —le respondí—. Solo acompáñame hasta mi casa.
No manches, está bien oscuro. —¡No mames, vato! —se rió—. —¿No me digas que te da miedo la oscuridad? ¿No se te hace que ya estás grandecito? Me dio pena admitirlo, así que le dije.
—No me da miedo la oscuridad. Me da miedo que me asalten. No conozco bien todavía.
—Bueno, en eso tienes razón —dijo. —Va, vamos. Caminamos hasta la puerta de mi casa.
Se quedó a un par de metros. —Aquí está bien, vato. Nos vemos.
—Gracias —le dije. —Oye, última pregunta. —¿Qué? —preguntó él.
—¿Cómo has sobrevivido a la bruja si dices que se chupa a los feos? Se me quedó viendo y soltó una sonrisa ladeada. —Porque todavía no se decide —dijo. Se queda dudando si chuparme o invitarme un cigarro, pero contigo no lo dudaría, y se fue riendo dejándome ahí con el corazón raro y la cabeza hecha un desmadre.
El día siguiente era sábado. Como siempre, mi mamá ya se había ido a trabajar. Yo seguía medio dormido cuando alguien llamó a la puerta.
Se me hizo raro. No esperaba a nadie. Abrí la puerta y ahí estaba.
Era Ángel. Venía con una bici. —¿Qué haces, fresita? —dijo.
—Todavía durmiendo. —No manches, güey —respondí. —Son las nueve.
—Pues sí, ¿y qué? Es sábado. ¿Y tú qué haces aquí? —Pues me debes dos cigarros y un refresco. —Cierto —me reí.
—Pero oye, ¿traes bici y short? —preguntó. —Si tengo bici y short —le respondí. —Ah, pues entonces vamos a nadar —me soltó.
Me quedé pensando un segundo. —Pues va —dije. —¿Quieres pasar en lo que me cambio, Simón? —Pero la bici.
—Pues ahí me te la comenté —Nel dijo. —Mejor te espero aquí. Posteriormente nos fuimos pedaleando por calles de terracería, levantando polvo, riéndonos cuando la bici brincaba en los baches.
Llegamos a un río casi vacío, tranquilo, como escondido del mundo. Ángel no le dio ni una vuelta al asunto. Se quitó la playera, se bajó los pantalones y se lanzó al agua como si nada, con una seguridad que me dejó mudo.

Yo me quedé ahí, quieto, como si el cuerpo se me hubiera apagado. No era solo verlo así, era la presencia que tenía. Incluso en reposo había algo en él que imponía.
Una evidencia silenciosa de fuerza, como un titán dormido que no necesitaba moverse para hacerse notar. Tragué saliva y aparté la mirada, con la cara ardiéndome. Sentí un golpe de calor que me recorrió la espalda.
Era una mezcla rara de nervios, curiosidad y una inseguridad que nunca había sentido. El corazón me latía demasiado rápido y no entendía por qué alguien podía afectarme así sin siquiera tocarme. Ahí, parado en la orilla, lo supe.
Algo dentro de mí se estaba rompiendo despacio y ya no había forma de volver a ser el mismo. ¿Qué onda? Me gritó desde el agua, sacándome del trance. ¿Te vas a quedar ahí parado o qué? ¿No te vas a meter? Traté de que no se me notara lo sacado de onda.
Me quité la playera y el pantalón rápido. Por suerte ya traía el short puesto, pero en cuanto levanté la cara, los nervios me cayeron de golpe. Ángel me estaba mirando.
No era la típica mirada X de compas. Era otra cosa. Tenía un brillo distinto en los ojos, algo más clavado, más suave, como si estuviera descubriendo algo que de verdad le gustaba.
¡Ay, güey! Dijo con una sonrisita que me desarmó. A cuerpecito que te cargas, Alan. ¿Quién te viera, eh? Yo me sonrojé por esas palabras, pero también por dentro me emocioné.
Dudé un poco en entrar porque estaba helada, pero Ángel no me dio chance ni de pensarlo. Se me acercó riéndose y en un movimiento rápido me rodeó por detrás para echarme al río. Fue ahí cuando todo se detuvo.
Sentí su pecho pegado a mi espalda, sus brazos firmes sujetándome y de pronto su aliento rozándome la nuca. Un escalofrío me recorrió entero, no por el frío del agua, sino por otra cosa que no sabía explicar. El tiempo se volvió lento, espeso.
Por un segundo no escuché nada. Solo lo sentí a él. Y entonces lo noté.
Esa presencia clara, pesada, inconfundible, apoyada contra mí, como un titán dormido que no necesitaba moverse para hacerse sentir. El corazón me dio un vuelco y se me fue el aire. Me quedé completamente quieto, atrapado entre el juego y algo mucho más profundo que me estaba pasando por dentro.
Ángel se rió y me empujó al agua, rompiendo el momento. Caí de golpe entre risas y salpicaduras, como si nada hubiera ocurrido. Pero para mí todo había ocurrido.
Pasamos horas ahí, perdiendo la noción del tiempo, riéndonos, nadando, fingiendo normalidad. Yo me reía con él, pero por dentro estaba hecho un caos, guardando ese instante como algo que no iba a olvidar jamás. Cuando cayó la tarde regresamos agotados.
Nos despedimos como si nada hubiera pasado. Pero para mí todo había cambiado. Pasó una semana.
Mi cabeza no dejaba de volver a él. Me preguntaba si lo volvería a ver el viernes. A eso de las seis salí de la universidad arrastrando los pies.
Desde lejos vi una figura apoyada en una bici. El corazón se me aceleró tanto que sentí que se me subía a la garganta. Era Ángel.
Me sonrió en cuanto me vio y, en ese instante, supe que el juego apenas estaba empezando. El tiempo se volvió otra cosa. Durante meses nos volvimos inseparables.
Íbamos a nadar, nos encerrábamos a jugar videojuegos, caíamos a fiestas sencillas o simplemente caminábamos sin rumbo hasta que nos daban las mil sentados en las bancas del parque. Poco a poco fui conociendo su mundo. Supe que la tenía más difícil que yo, que vivía con su abuela en una casa pequeña.
Fui varias veces y, a pesar de todo, nunca me sentí tan en paz como ahí. Nuestra amistad creció despacio, sin darnos cuenta, pero con una fuerza que, en el fondo, ya empezaba a asustarme. El tiempo voló y, sin exagerar, Ángel me cambió la vida.
Gracias a él dejé de ser ese chavo invisible y miedoso. Poco a poco me volví más seguro, cambié mi forma de vestir y hasta terminé siendo de los populares en la escuela. A veces ni yo me lo creía.
Incluso los dos teníamos novias, si es que verse de vez en cuando cuenta, porque la verdad es que el tiempo real, el que de verdad importaba, lo pasábamos juntos. Llegó el cumpleaños de mi jefa y la casa se llenó. Ella no podía creer que yo tuviera tantos amigos.
Hubo brindis, risas, un par de cervezas y, cuando la fiesta se fue apagando, solo quedamos Ángel y yo. Mi mamá, ya un poco alegre, dijo que era muy tarde para que se fuera y le ofreció quedarse. Subimos a mi cuarto.
El calor estaba pesado y Ángel me pidió chance de bañarse. Para mí ya era normal verlo en toalla después de tantos días de río, pero esa noche el ambiente se sentía distinto, más denso, como cargado de algo que no sabíamos nombrar. Cuando salió del baño, me tocó a mí.
Me tardé años bajo el agua, tratando de calmar los nervios, respirando hondo como si eso fuera a ayudar. Al salir, ahí estaba él, sentado en la cama, todavía en toalla, viendo la tele como si siempre hubiera pertenecido a ese cuarto. —Te tardas un buen güey —dijo riéndose.
—Pues qué quieres, me tomo mi tiempo —le contesté mientras buscaba ropa. —Ten, te presto una pijama. —¿Neta, pijama? —se burló.
—No manches, Alan, mejor sácame un short. Me di la vuelta para buscarlo en el clóset y, cuando regresé, el mundo pareció detenerse. Estaba ahí, a centímetros de mí.
Podía sentir su aliento, el calor que dejaba su piel recién bañada. Bajé la mirada sin querer y noté esa presencia firme, evidente, imposible de ignorar, como si su cuerpo hablara por él. Ángel solo sonrió, una sonrisa tranquila, segura, que me hizo temblar por dentro.
Se puso el short y se acostó sin playera, como si nada. Apagamos la tele y el cuarto quedó en un silencio que decía demasiado. Acostarme a su lado fue como recibir una descarga.
Sentí una ansiedad rara, unas ganas inmensas de acercarme más, de que no existiera espacio entre nosotros. A mitad de la noche, las pesadillas de siempre me alcanzaron. Desperté agitado, con el corazón desbocado.
Pero antes de que el miedo me ganara, escuché su voz, bajita y firme. —Tranquilo, aquí estoy yo, yo te cuido. Sin pensarlo, me refugía en su pecho.
Sentir su piel, el ritmo de su corazón y ese abrazo fuerte me hizo sentir que, por primera vez en mi vida, estaba exactamente donde debía estar. Ángel me sonrió en la oscuridad, me dio un beso suave en el cabello y me apretó contra él. Me giré y terminamos durmiendo de cucharita, encajando sin esfuerzo, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza aún no se atrevía a aceptar.
En ese abrazo entendí que ya no había vuelta atrás. Mi mundo, sin darme cuenta, empezaba a girar alrededor de él. Amaneció.

La luz se colaba despacito por las cortinas, como con miedo de interrumpirnos. Yo ya estaba despierto desde quién sabe cuándo, respirando bajito, con el corazón acelerado, tratando de grabarme cada segundo como si fuera una foto. Seguíamos abrazados.
Ángel detrás de mí, su brazo firme rodeándome, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda. Dormía pesado, confiado, como si el mundo no pudiera tocarnos mientras estuviéramos así. Yo no me movía, no porque no quisiera, sino porque no podía.
Sentía todo. Su calor, su respiración en mi nuca, su presencia completa, viva, real. Y sí, como es normal, el cuerpo despierta antes que la cabeza.
Lo sentí. No fue algo brusco ni incómodo. Estaba demasiado cerca, tan cerca que no había forma de no sentirlo.
Esa señal muda de que él estaba ahí, entero, pegado a mí, compartiendo el mismo espacio, la misma mañana, el mismo silencio. Lejos de asustarme me atravesó una emoción tan fuerte que podía sentirla en el estómago. Y de manera casi inconsciente, o más bien consciente, mi cuerpo reaccionó.
Saber que estaba durmiendo abrazado junto al hombre que me había cambiado la vida, y que además era mi mejor amigo, era algo realmente mágico, indescriptible. Pensé en lo fácil que sería romper ese momento sólo moviéndome un poco, y en lo imposible que se sentía querer hacerlo. Ángel se removió.
Me apretó más contra él, como si incluso dormido no quisiera soltarme. Su rostro se acercó. Su respiración me rozó la nuca y soltó un suspiro largo, profundo, de esos que se sienten hasta el alma.
En ese abrazo no había dudas. No había miedo. Sólo dos personas queriéndose, sin saber todavía cómo vivir con eso.
Entonces gritó mi mamá desde la cocina. Muchachos, ya bajen a desayunar. Ahora es tu turno.




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