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Me enamoré de lo que me hacía sentir 💭🫣

19 oct
10 min de lectura

Actualizado: 22 oct


Hombres guapos gay

Soy de esos tipos que se enamora completo, sin medidas, sin red de seguridad. Eso que algunos llaman intensidad y otros llaman problema y algunos más llaman migajas...

Todo comenzó el día que conocí a Armando y aprendí que hay personas para las que eso no es un regalo, sino una herramienta. Lo conocí en casa de un amigo. Una reunión de esas sin pretensiones, con bebida amarga y música que nadie había puesto con intención. Armando llegó tarde, como aprendería que hacía siempre, y entró al cuarto con esa energía de quien sabe que va a ser notado.

No porque fuera el más guapo de la sala, aunque para mí lo fue a primera vista, sino porque se movía con esa seguridad que quizás a mí me hacía falta, porque su sonrisa cautivaba, porque se veía tan varonil, tan hombre, tan él… como si el mundo le debiera todo. Se sentó a mi lado sin que yo lo invitara. Me preguntó cómo me llamaba. Cuando se lo dije, repitió mi nombre en voz baja, como probándolo, y luego sonrió de un lado… Y yo me quedé tieso, empecé a sudar.

Me preguntaba por qué, habiendo tantos chavos más guapos, o quizás solo era mi inseguridad, él se había sentado junto a mí. Qué había hecho o qué había visto en mí… Esa noche hablamos tres horas. De todo y de nada, de esas conversaciones que saltan de tema en tema sin perder el hilo porque el hilo no es el tema, sino la persona. Me contó que tenía 38 años y muchas cosas, y con cada palabra algo pasaba en mi mente… una alerta de peligro…

Algo que me decía: tienes que alejarte, y cuando me di cuenta ya era la una de la mañana y todos los demás se habían ido o dormido y éramos solo nosotros dos en ese sillón. Luego él simplemente se fue sin darme su número. Yo pasé tres días pensando en él. A los cuatro días me escribió. No sé cómo consiguió mi contacto y no le pregunté porque me importó más que hubiera querido conseguirlo.

Oye. Soy Armando. El del sillón.

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Respondí en treinta segundos. Debí esperar más. Eso también lo aprendería después. Las primeras semanas fueron lo más parecido a la felicidad que recuerdo. Me mandaba mensajes en las mañanas, me preguntaba cómo estaba, aparecía en mi puerta el viernes con algo de cenar, con esa sonrisa que tanto me idiotizaba y, si lo confieso, creo que me enamoré de él muy rápido, o quizás me obsesioné, o quizás me sentía como un perro de calle al cual le dan un poco de amor y lo da todo…

Como haya sido, él llegaba y nos quedábamos hasta tarde hablando o en silencio, que con él era lo mismo. La primera vez que me besó fue en mi cocina, sin aviso, en medio de una conversación sobre algo completamente irrelevante. Se acercó, me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera usarlo ahí. Cuando se separó, me miró y dijo: —Llevaba semanas queriendo hacer eso.

Yo no dije nada porque no me salían las palabras. Solo asentí, con el corazón latiendo en la garganta. Yo no sabía besar muy bien, pero él sí, lo hacía tan bien, tan… no sé cómo explicarlo… Y esa noche fue la primera vez que dormimos juntos. Y fue la primera vez que alguien visitó la cueva... Y no voy a describir lo que pasó porque hay cosas que uno guarda, no por pena sino porque son demasiado propias para ponerles palabras de alguien más.

Solo diré que cuando terminó, Armando se quedó quieto a mi lado, con la mano en mi pecho, y yo miraba el techo pensando que así debía sentirse estar completo. Luego él me miró, sonrió y, acariciando mi mejilla, me dijo: ahora sí ya eres mío, Fercho, fui el primero, ¿cierto? Yo solo lo vi y confirmé eso, y sentí que había hecho lo correcto, que por primera vez en mis 23 años había hecho algo bien. Me equivoqué. O más bien: estaba en lo correcto sobre lo que sentía yo.

Me equivoqué sobre lo que sentía él. Con el tiempo las cosas empezaron a cambiar, no fue de golpe. Eso es lo cruel de estas cosas. Si llega de golpe uno puede reaccionar, defenderse, decidir. Pero cuando llega despacio, uno lo va acomodando, justificando, normalizando, hasta que un día te das cuenta de que lleva meses viviendo en una realidad que no es la que creía. Empezó con los tiempos.

Antes me escribía en las mañanas. Luego dejó de hacerlo y yo empecé a escribirle yo. Respondía, sí, pero con horas de diferencia y con esa brevedad de quien contesta porque sería grosero no hacerlo. Antes aparecía los viernes. Luego los viernes se volvieron cada dos viernes, luego una vez al mes, luego cuando él quería que fueran viernes aunque fuera martes o jueves. Yo reorganizaba mi vida alrededor de esos días. Cancelaba planes, rechazaba invitaciones, me quedaba disponible como si la disponibilidad fuera un mérito que se recompensa.

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Cuando me llamaba, yo contestaba siempre. Cuando me decía ven, yo iba. Cuando desaparecía días sin dar señal y luego reaparecía como si nada, yo no decía nada porque tenía miedo de que, si decía algo, se fuera del todo y yo me conformaba con el simple hecho de verlo, de que me hiciera suyo aunque fuera cinco minutos, aunque fuera de mal humor o porque necesitara algo que me pediría después de terminar.

 

Una noche llegó a mi departamento sin avisar. Eran las once, yo ya estaba en pijama, había pasado casi un mes sin saber de él. Abrí la puerta y ahí estaba, con esa sonrisa de siempre, como si el tiempo no existiera. —Estaba por aquí —dijo. Mentira. Vivía al otro lado de la ciudad. Pero lo dejé entrar porque era Armando y porque, aunque llevaba diez días sin dormir bien, en el momento en que lo vi mi corazón se alegró.

Esa noche me abrazó fuerte, más fuerte que de costumbre, y yo pensé que algo había cambiado. Que me había extrañado. Que esto significaba algo y nuevamente me hizo de él, y yo dormí como hacía días que no podía. Por la mañana se fue antes de que yo despertara. Me dejó un mensaje que decía: "Gracias, tomé un poco de tu dinero prestado. Nos vemos". En lugar de enojarme por mi dinero me sentí triste: nos vemos. Sin fecha. Sin promesa. Solo nos vemos, que en su idioma significaba: te busco cuando vuelva a necesitarte.

Y lo peor no era cuando desaparecía. Lo peor era cuando aparecía. Porque cuando aparecía yo volvía a creer. Eso es lo que nadie te cuenta del amor no correspondido: no duele más cuando el otro no está. Duele más cuando está, porque cuando está te recuerda exactamente por qué lo quieres, y cuando se va te lleva todo eso de vuelta y te deja con el hueco más grande que antes.

Un día me llamó: oye, sé que ya te debo mucho dinero que te he tomado prestado y te lo pagaré, pero ahorita ando algo corto de dinero, ¿puedes echarme la mano? Es que sí necesito. A los 23 años trabajas, sí, pero no tienes tantos ingresos, así que decidí pedir prestado a mis padres inventando X cosa, ya que no tenía la cantidad que necesitaba y, sin pensarlo, sin dudar, le transferí lo que me pidió. No lo devolvió. No lo mencionó. Dos semanas después me pidió más, esta vez para algo del coche.

Se lo di también. Me convencí de que era normal entre personas que se quieren. Me convencí de que era una etapa, que él estaba pasando un momento difícil, que cuando las cosas mejoraran todo volvería a ser como al principio. Mi amigo Rafael, que lo veía todo desde afuera, me dijo una noche sin rodeos: —Carlos. Te está usando. —No lo conoces como yo —respondí. —Precisamente. Yo lo veo desde afuera. No le respondí. Cambié el tema. Porque hay verdades que uno sabe, pero que necesita no saber un poco más de tiempo.

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Y luego Armando desapareció casi quince días. Sin mensajes, sin señal, sin nada. Yo le había escrito varias veces, con días de separación entre cada mensaje para no parecer desesperado, aunque lo estaba, y nada. Al día 16 sin tener respuesta de él me senté en el suelo de mi cuarto, con el teléfono en la mano, y me di cuenta de que estaba esperando. Que llevaba doce días organizando mis pensamientos alrededor de alguien que ni siquiera sabía que yo existía en ese momento.

Que había rechazado salidas con amigos, que había cancelado un compromiso de trabajo, que había pasado los fines de semana en casa por si acaso llamaba. Por si acaso. Dos palabras que resumen más de dos años de mi vida. Lloré esa noche. No de esos llantos que uno controla, sino de los otros, los que salen solos desde algún lugar que no tiene nombre exacto y que duelen en el pecho antes de llegar a los ojos.

Al día siguiente me llamó. No sé, quizás en sus sueños él sabía que estaba triste o no sé, pero el problema fue que contesté al primer timbrazo. —Oye, ¿qué haces? —dijo, con esa voz de siempre, sin registro de que habían pasado más de dos semanas. —Nada —mentí. —¿Puedo ir? Y aquí está la parte que más me avergüenza y que más entiendo al mismo tiempo: dije que sí. Sin reproches, sin preguntas, sin decirle que llevaba días esperando exactamente esa llamada mientras me convencía de que no la esperaba.

Llegó en una hora. Traía pizza, como si fuera un martes normal cualquiera. Nos sentamos en el piso del departamento a comer y hablar, y durante esas horas Armando fue el Armando del principio: presente, atento, gracioso, el que me miraba como si yo fuera interesante de verdad. Y yo lo amé con toda la fuerza que tenía, ahí en el piso, comiendo pizza a las doce de la noche, diciéndome que esto era suficiente, que era más que suficiente, que muchos no tenían ni esto.

Esa noche, cuando apagamos la luz, me abrazó desde atrás y me dijo al oído: —Me gusta estar contigo, Carlos. Me gustaba estar contigo. No: te quiero. No: te extrañé. No: lo siento. Me gusta estar contigo, que es lo que uno dice cuando algo le da placer, pero no le pertenece. Lo guardé como si fuera una declaración. El momento en que entendí todo llegó un domingo.

Yo había estado esperando verlo tres semanas. Él había prometido, su palabra, que ese domingo vendría. Yo limpié el departamento, fui al súper, preparé algo de cenar. Esperé. A las ocho de la noche me mandó un mensaje: "Hoy no puedo. Surgió algo. La próxima". Sin más. Sin explicación. Sin disculpa real. Me quedé sentado en la mesa con la cena hecha y el teléfono en la mano, y algo se movió en mí. No fue rabia, aunque también había rabia. Fue algo más frío y más claro.

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Como cuando uno está en un cuarto oscuro tanto tiempo que los ojos se adaptan y de pronto puede ver exactamente dónde está y qué tan pequeño es el espacio. Vi con claridad, por primera vez sin querer no ver, lo que era esto. Yo lo amaba. Completamente, sin condiciones, con toda la intensidad que tengo y que siempre había creído que era mi mejor cualidad. Y él, Armando, me quería de la única manera que podía quererme: como algo conveniente. Como alguien disponible. Como una puerta que siempre abre cuando se toca.

No era malicia. Eso también lo entendí esa noche. Armando no se levantaba cada mañana pensando en cómo hacerme daño. Simplemente tomaba lo que yo ofrecía porque yo lo ofrecía, y nunca había tenido razón para parar porque yo nunca se la había dado. La pregunta que me hice sentado en esa mesa, con la cena enfriándose, fue la más difícil que me he hecho: ¿Cuánto tiempo más?

No lo dejé ir esa noche. Sería mentira decirles que tuve esa claridad y actué de inmediato. No funciona así. Uno sabe la verdad mucho antes de poder vivir con ella. Y poco a poco fui saliendo del hoyo... Fue muy duro. Fueron noches enteras de llorar, de abrazar la almohada que tenía su olor, de mirar sus fotos. Cuando me llamaba no le contestaba y cuando lo hacía moría de ganas por verlo, pero inventaba cualquier cosa, aunque en realidad quería correr a sus brazos.

La última vez que lo vi fue un miércoles. Apareció en mi trabajo, cosa que nunca había hecho, con esa sonrisa de cuando quería algo. Me invitó a comer. Fui, porque todavía lo amaba y probablemente lo iba a amar un tiempo más, y eso no tenía solución inmediata. Comimos. Hablamos. En algún punto de la comida me di cuenta de que lo estaba mirando diferente. No con menos amor, sino desde más lejos.

Como cuando uno se para en la orilla del mar y lo mira y entiende que es enorme y que no puede tenerlo y que eso no lo hace menos hermoso, solo menos tuyo. Al final de la comida me pidió algo de dinero. No mucho, dijo. Solo para el camino. Quise decir que sí. El reflejo era tan automático que casi salió solo. Pero no lo dije... —No puedo, Armando... Me miró con una expresión que no le había visto. Algo entre sorpresa e incomodidad...

—¿En serio?... —En serio.

No hubo pelea. No hubo drama. Se encogió de hombros, dijo que no había problema y la conversación siguió. Pero algo había cambiado en el aire y los dos lo sentimos. Cuando nos despedimos en la calle, me abrazó. Yo lo abracé de vuelta, con los brazos y con todo lo demás que tenía, porque iba a ser la última vez y alguna parte de mí ya lo sabía. Se separó, me miró y dijo: —Nos vemos pronto. —Cuídate mucho, Armando —respondí.

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Todavía pienso en él. Pienso en la noche de la pizza en el piso. En la primera vez que me besó y que lo hicimos. Pienso también en los doce días de silencio. En la cena fría del domingo. En el dinero que no volvió. En todas las veces que dije que estaba bien cuando no lo estaba. Creo que todavía hay noches en que quisiera que llamara, y noches en que agradezco que no lo haga, y noches en que las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Lo que sí sé es esto: merezco a alguien que conteste al primer timbrazo, o quizás, si está trabajando, no al instante, pero sí que conteste porque me ama.

 

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